'Soy

domingo, 14 de febrero de 2010

Manolo García. “Pájaros de barro”

Luz Casal. “Con mil desengaños”

Todos los caballeros solteros

bebiendo

Todos sabemos cuál será la canción de este San Valentín en todas las discotecas: el All the single ladies (Todas las damas solteras) de Beyoncé. Es una canción popera y bailable sobre una chica que tras haber roto con el novio, ha decidido ponerse sus vaqueros más prietos y salir a pasárselo bien bailando con sus amigas. Mientras las parejas estén haciendo cenitas románticas y regalándose tostadoras en forma de corazón o estupideces parecidas, las chicas solteras saldrán a bailar el himno de Bayoncé con sus amigas, mientras desde las pantallas las espolea esa diosa de ébano con mallas. Saldrán a reivindicar de forma sana y alegre la soltería femenina, sobre todo cuanto es recién estrenada. Entonarán a coro el verso que dice "If you liked it then you should’ve put a ring on it" (Si te gustaba, haberle dado un anillo), y así reivindicarán su dignidad, bailando y cantando el "oh, oh, oh"...

Las chicas solteras saben reivindicarse bastante bien. Todos los años el periódico de mi antigua universidad sacaba un número especial el día de San Valentín, en el que se podía contar con una o dos columnas de chicas que celebraban la soltería femenina: no era lo peor del mundo, insistían, al contrario, era algo dignísimo. Resultaba interesante porque siempre se reivindicaban como grupo; no eran las Sabinadas tipo "esta noche estrena libertad un preso", que siempre parecen hechas en clave individual. No, en esos artículos la referencia última siempre era a la coalición femenina de Sexo en Nueva York, al giro positivo que esas cuatro amigas sabían darle juntas a su condición de chicas solteras. Yo qué sé, cosas de americanas. Pero siempre me preguntaba: "¿y los chicos? ¿Nadie siente la necesidad de reivindicar la soltería masculina? ¿De intentar darle algún giro de positividad?". Por ejemplo, hace unas semanas publicaba Gina Montaner en El Mundo un artículo sobre el marido de Ingrid Betancourt, el hombre que tras organizar vigilias por su secuestrada esposa, tras esperar pacientemente cual Penélope masculino, fue a recibirla al aeropuerto y, delante de las cámaras de todo el país, no cosechó más que un frío beso en la mejilla. Pronto las manos que tanto habían ansiado posarse sobre el cuerpo amado no sujetaban más que los papeles del divorcio. ¿No hay ninguna canción que reivindique a gente como este pobre hombre?

Difícil dignidad, la del hombre que estrena dolida soltería. Los vividores a lo Casavella o los Pereza de "Princesas" no han borrado el tópico de que la dignidad masculina se recupera solamente clavado en un bar, apurando litros de whisky neat y dándole la tabarra al camarero. Las mujeres parecen haber dado el salto a las prácticas positivas de ir al gimnasio, comer sano y luego salir a bailar con las amigas; los hombres todavía no. Donde las chicas tienen a Beyoncé en mallas, los chicos todavía tienen a Humphrey Bogart con la pajarita desanudada, llenando con dificultad otra copa y gritándole a Sam: "¡he dicho que la toques!".

Difícil dignidad que se vuelve más difícil aún cuando nos damos cuenta de que los tiempos han cambiado, y que el alcoholismo no queda tan elegante en el 3D de Avatar como lo hacía en el blanco y negro. Todos constatamos que un hombre solo y beodo en un bar resulta ahora triste, en un sentido estrictamente peyorativo. Y eso los que lo intentan. Porque no todos pueden ser Sabina, por muy mal que estén. La mayoría sienten demasiado bien lo del "regresé a la maldición del cajón sin su ropa", pero "la perdición de los bares de copas" sólo la aguantan hasta la una, las "cenicientas de saldo y esquina" les dan algo de corte, y del casino de Torrelodones no los pueden echar porque nunca lo han pisado. En vez de eso, esa mayoría de pobres diablos se resigna a tumbarse en una cama demasiado grande a intentar dormir. Mientras las chicas solteras bailan, ellos sienten su cuerpo entero como una puñalada en el costado del universo, una herida por la que el mundo sangra.

Así que, repito: ¿no habrá nadie que les haga una canción a estos hombres?

David Jiménez Torres en Libertad Digital

viernes, 12 de febrero de 2010

Fito y Fitipaldis. “Antes de que cuente diez”

Y los de Gabón

Siento un gran respeto por los homosexuales de Zimbabue. Uno de los motivos de mayor preocupación entre los españoles, más que el paro, el terrorismo, la crisis económica, el embarazo de la nuera de la baronesa Thyssen y la libertad de elección en la educación de los niños, es sin duda la situación por la que atraviesan los maricas en Zimbabue. Y el Ministerio de Asuntos Exteriores, cristal y espejo de las angustias de nuestra sociedad, ha reaccionado de forma admirable, concediendo a los homosexuales de aquel atribulado país la ayuda más cuantiosa de cuantas reparte tanto por España como por el extranjero. A la Fundación Miguel Ángel Blanco, cuyo único objetivo es la defensa de los derechos humanos, la libertad y la convivencia pacífica de ideas y proyectos, Moratinos le ha donado veinte mil euros. Casi nueve mil más, en concreto, veintiocho mil ochocientos diez euros, a la asociación «Gays and Lesbians of Zimbabwe», gesto que nos ha tranquilizado a todos los españoles. Pero no sería sincero si esa generosidad para con los truchones y tortis de Zimbabue pudiera interpretarse como un agravio comparativo –yo así lo interpreto, muy respetuosamente– con los homosexuales de Gabón, o de Sierra Leona, o de Swazilandia. Con lo que roba el actual presidente de Zimbabue, bien podría dedicar una mínima parte de lo que hurta a su pueblo para agasajar con treinta mil euros a sus perdedores de aceite, y dejar libres las manos a Moratinos para que ese dinero se posara en los maricas de Gabón, que no tienen quién les escriba. Porque la asociación «Gays and Lesbians of Gabon» no es menos que la «Gays and Lesbians of Zimbabwe», y ahí, permítanme el mal pensamiento, creo que ha intervenido Zerolo, que conoce mejor los tornatrás de Zimbabue que de Gabón, cuando en Gabón hay los mismos maricas de toda la vida que en Zimbabue, Noruega, Alaska o España, cada especie, eso sí, ajustada a sus costumbres, climas y folclores, porque un maricón de Alaska y otro de Zimbabue no se parecen en nada, ni en el rececho ni en la culminación. Puestos a repartir dinero, y con mis renovados respetos por los maricas de Zimbabue, el señor Moratinos podía haber pensado que más merecen esos miles de euros los de Moratalaz, San Feliú de Guixols, Rentería o Mazarrón, sin olvidar a los que veranean en Benidorm, que son más que los de Zimbabue y no les vienen mal las ayuditas. Porque de subvencionar a los de Zimbabue, habría que hacerlo con todos, homosexuales y heterosexuales, que viven bajo la bota tirana de un cabrón con pintas que no se detiene a pensar si al zimbabués que asesina le gusta Motongo o Motonga, porque los mata de la misma manera, es decir, con entusiasmo. Si España, la de los brotes verdes que no aparecen por ninguna parte, se dedica a financiar los brotes rosas de naciones como Zimbabue, apaga y vámonos. Vámonos todos a Zimbabue, digo, que algo podremos recuperar de lo que pagamos para que nuestros gobernantes hagan el gilipollas con nuestro dinero. Y de aceptar que lo hagan, que al menos nos consulten. Mi preferencia se inclina por Gabón, que está lleno de homosexuales tan dignos como los de Zimbabue, y con más sentido del humor y de la gratitud. Y a la Fundación Miguel Ángel Blanco que la zurzan. Al fin y al cabo, era un concejal del Partido Popular.

Alfonso Usía en La Razón

jueves, 11 de febrero de 2010

De cine. “Laura”

Laura, una de mis películas de suspense favoritas, fue dirigida por Otto Preminger en 1944. Adapta la obra teatral y novela de la escritora Vera Caspary Ring twice for Laura. Estuvo nominada a cinco Oscar, ganando el de Mejor Fotografía en Blanco y Negro. Probablemente se trata de una de las historias de intriga más fascinantes del cine negro de los años 40. Pero además, Laura, es una intensa película romántica, con los celos y la obsesión como principal fondo temático. Inolvidable para muchos la fascinante Gene Tierney, la enigmática mujer del cuadro, y la interpretación cargada de ironía y cinismo de Clifton Weeb enamorado de Laura como Pigmalión de su creación escultural.

Alfred Newman fue el primer elegido para componer la banda sonora. El compositor tenía la agenda demasiado apretada, así que le hicieron el ofrecimiento  a Bernard Hermann, pero éste, al enterarse de que era el segundo plato, se ofendió y declinó la oferta. Finalmente, El encargo recayó en David Raksin y, viendo el resultado no parece posible que otro compositor lo hubiera hecho mejor. Para el propio Raksin, Laura era “uno de esos tantos temas pegadizos y sensibleros de Hollywood, aunque producto de un sentimiento auténtico”. En este sentido, cuando la actriz Hedy Lamarr tuvo que explicar por qué rechazó protagonizar la película en favor de Gene Tierney, sentenció: “Me enviaron el guión, no la banda sonora”. En los siguientes vídeos, la banda sonora original y dos versiones del tema de Laura, la inolvidable de Frank Sinatra, y la de Carly Simon que no conocía y me parece estupenda.

Laura es el rostro en la noche mística
pasos que escuchas abajo, en el hall
la risa que flota en una noche de verano
que nunca puedes recordar bien.
Y tu ves, Laura,
En un tren que está pasando
Aquellos ojos, que familiares son
Ella te dio su primer beso
Eso fue Laura
Pero solo fue un sueño

    

Nueva gramática