jueves, 10 de junio de 2010
Se siguen cachondeando de los ciudadanos
Leire Pajín viajó en Falcon a Alicante como "invitada" de un vuelo oficial de Moratinos
Otro abuso de medios públicos. En medio de la polémica suscitada por el reproche del Tribunal de Cuentas ciertos viajes de Zapatero y la noticia de tres ministros viajando a Bruselas en Falcon, el mismo día, en tres vuelos diferentes, otro caso salpica a Ferraz. La utilización partidista del Falcon por parte de dirigentes socialistas no tiene límites.
Hasta la fecha se habían dado casos de en los que miembros del Ejecutivo, como el presidente José Luis Rodríguez Zapatero, se valían del desempeño de un cargo gubernamental para esgrimir razones de seguridad y acudir en avión militar a actos organizados por el PSOE.
Sin embargo, lo de la senadora Leire Pajín traspasa las fronteras de lo ético. La secretaria de Organización del PSOE viajó en un Falcon 900 del Ejército del Aire sin ocupar ningún cargo dentro del Ejecutivo. Todo ello apunta a un uso impropio de este medio, fuera de cualquier Código de Buen Gobierno. La presencia de Pajín en un vuelo oficial del Ministerio de Asuntos Exteriores, con Miguel Ángel Moratinos al frente, ha sido reconocida por el Ejecutivo en un respuesta parlamentaria que acaba de ser remitida al Partido Popular.
Más información en La Gaceta
Engaña bobos
Alicia Sánchez Camacho y Rajoy
Una no espera que los demás le den la razón, pero confía en que los hechos terminen por dársela. Como el fenómeno ocurre raras veces, no es cuestión de dejarlo pasar. Así, días atrás, quien suscribe sostenía que el Partido Popular había votado contra el mini plan de ajuste –al que Zapatero se ha visto forzado– desde la seguridad de que se aprobaría merced a las abstenciones de otros. Y que el épico relato con el que envolvió su posición, aquello de que podía forzar la caída del Gobierno socialista, pertenecía al muy político género del camuflaje.
La última que ha echado las cuentas de la lechera es la lideresa del PP catalán. En Tarragona, y al lado de Cospedal, Alicia Sánchez Camacho reprochaba a sus futuribles aliados, los de CiU, que hubieran "salvado a Zapatero". Pues de no ser por su abstención, sentenciaba, hoy estaríamos en el nirvana: "ante unas elecciones anticipadas o una cuestión de confianza al Gobierno". Idéntico mensaje al que han transmitido o han dado a entender, que el politiqués es lengua de doble filo, otros dirigentes de su partido.
Resulta, sin embargo, que ese guión sólo aparece en la versión española de la película. Y que hay otra: la que enviaba el PP a sus homólogos de la UE, inquietos por que un rechazo del ajuste provocara el hundimiento no de Zapatero, sino de España, y con ello, un efecto dominó. En la versión europea, los de Rajoy tranquilizaban a Merkel y compañía asegurando que el plan iba a contar con el apoyo de los aliados habituales del Gobierno, "principalmente nacionalistas". Tan convencido estaba de que el decreto saldría vivo, que el PP calificaba su voto de "irrelevante para el resultado final". En suma, un paladino reconocimiento de que su "no" era un gesto para la galería y en absoluto un acto destinado a echar abajo a ZP. Menos lobos.
La galería, desde luego, ha aplaudido. Da la bienvenida a cualquier señal de que existe una oposición. Pero, ¿existe una alternativa? Cuando el PP niega que haya que hacer "recortes sociales" y, como escribe Alberto Recarte, se coloca en la postura de negación de la crisis que Zapatero sostenía, la respuesta es negativa. Ah, vale, es la política. Ganar como sea. El caso es gobernar. Pues vaya. Andaba España escasa de fauna de embaucadores y engañabobos y, al fin, tenemos más.
Cristina Losada es uno de los autores del blog Heterodoxias.net.
miércoles, 9 de junio de 2010
Partitocracia
Viñeta de Alberto Montt
Partitocracia
José María Carrascal, en ABC, 03-09-09
QUIENES han tenido poca democracia en su historia, como nosotros, suelen reducirla a un modelo único, cuando hay muy diversos tipos de ella, incluidos algunos que ni siquiera son democracias. A las autodenominadas «democracias populares» me remito, pertenecientes al extinguido bloque soviético, dictaduras del más viejo cuño, o a la «democracia orgánica» que tuvimos en España, regida por las «familias» del régimen, bajo la férrea batuta de Franco, cuya aversión a la «democracia inorgánica», como llamaba a las tradicionales, advertía ya de lo alejado que estaba de ellas.
Pero estas últimas, es decir, las que cumplen su condición fundamental de haber surgido de unas elecciones libres y estar regidas por un gobierno más o menos representativo, se dividen en dos grandes grupos, según donde resida el núcleo de poder: las parlamentarias y las presidencialistas, razón de que la norteamericana haya sido llamada «dictadura por cuatro años», tiempo que dura el mandato presidencial, definición no muy exacta, pues el poder del presidente norteamericano se ve controlado de cerca por el Congreso y la Justicia, aunque no vamos a meternos ahora en ello, para no perdernos.
¿A cuál de esos dos tipos pertenece nuestra democracia? A ninguno. El poder en España pertenece a los partidos hasta el punto de que ni siquiera los más grandes lo ejercen, excepto en el caso poco frecuente de obtener la mayoría absoluta. De no ser así, quienes realmente «mandan» son los partidos pequeños, nacionalistas generalmente, favorecidos por una ley electoral que les da ventaja sobre los partidos «nacionales». Algo que parece contradecir el principio mismo de la democracia, «gobierno de la mayoría con respeto a las minorías», pero sin dar a estas últimas la palabra decisiva en los asuntos de Estado, como ocurre en España. ¿Cómo se llegó a tal aberración? Lo atribuyo a nuestra tendencia a ir de un extremo a otro. Franco envió los partidos al infierno, por considerarlos los culpables de todos los males de España, y quienes le siguieron los colocaron en el paraíso, error casi tan grande, pues la democracia no es un paraíso para nadie, todos tienen que apechugar, por lo que puede considerarse más bien un purgatorio. Aunque ésta sí que es realmente otra cuestión.
En cualquier caso, los padres de la Constitución de 1978 dieron todo el poder a los partidos, que ejercen en España una dictadura de facto, tanto hacia fuera como hacia dentro de ellos mismos. Controlan el Ejecutivo, controlan el Legislativo y controlan la justicia, al decidir la composición de sus órganos rectores: el Consejo General del Poder Judicial, el Tribunal Supremo, el Tribunal Constitucional y la Fiscalía General del Estado, que depende directamente del Ministerio de Justicia. Añádanle el control de la Radio y Televisión estatales, y ya me dirán si lo que tenemos no es una «partitocracia», una dictadura de los partidos.
Y lo peor no es su dominio de todos los resortes y recursos del Estado. Lo peor es que tampoco su funcionamiento interno puede decirse que sea democrático. Los partidos políticos españoles son organizaciones piramidales, controlados por una elite que decide el rumbo de los mismos sin tener para nada en cuenta a sus bases. Existen, sí, unos «barones», generalmente territoriales, con amplísimos poderes en su territorio. Pero las necesidades económicas les obligan a depender de su central, lo que reduce sensiblemente su autonomía. Aunque lo que más la reduce es el sistema de «listas cerradas» establecido para todo tipo de elecciones. Una lista que confecciona la dirección del partido, que premia a los leales -es decir, a los que siguen sus directrices sin rechistar- y excluye a los independientes, es decir, a los que se atreven a pensar por sí mismos. Lo que convierte a los partidos políticos españoles en bloques monolíticos, con la inmensa mayoría de sus cuadros limitándose a decir y hacer lo que manda el jefe o a calentar el asiento para el que ha sido asignado. Sólo cuando el partido se halla en la oposición, se atisban movimientos de rebeldía, pero, en ese caso, la rebeldía es casi siempre contra el propio jefe de filas, con ánimo de desbancarle y ponerse él o ella en su lugar. Lo que explica la escasísima fuerza que suele tener la oposición en España. A la falta de poder auténtico, acaparado por el Gobierno, se une el navajeo interno. Un grave falló de nuestro sistema político, pues la oposición tiene un papel relevante en toda democracia vigorosa y operativa.
La mayor tara, sin embargo, de las «listas cerradas» es que vacía a la democracia de su último fundamento: la representatividad ciudadana. Lo que es tanto como dejarla sin contenido. Ya sé que hago una acusación muy grave, pero desgraciadamente, cierta, aunque los españoles, en nuestra ignorancia política, no parecemos o queremos darnos cuenta. Los españoles no sabemos quién nos representa en el Congreso y no digamos ya, en el Senado. Ignoramos a quién poder dirigirnos en caso de que se haya cometido una arbitrariedad administrativa contra nosotros o, simplemente, para exponer una iniciativa que creemos beneficiosa para la comunidad. Se dirá que para lo primero están los tribunales y para lo segundo, los medios de comunicación. Pero llevar una causa a los tribunales españoles es como echar un mensaje al mar en una botella, y los medios de comunicación bastante tienen con hacer oír sus propias voces. Con lo que el ciudadano de la calle se queda sin portavoz en la vida pública. Votó una lista, es decir, un partido, sin saber cuál de aquellos nombres le representa, y hasta la próxima convocatoria. Una de las mayores envidias que siento en Estados Unidos es ver a mis conocidos dirigirse por carta al congresista de su distrito con cualquier tipo de queja, y comprobar que no sólo le responde de inmediato, sino también la queja se atiende, y si es de justicia, se corrige. Esa es la verdadera democracia, ese es el auténtico congresista, atento a los ciudadanos que le votan, a sus problemas e inquietudes. Pero el congresista español sólo tiene que preocuparse de estar a bien con quienes confeccionan las listas de su partido, para que le incluyan, a ser posible, en uno de los primeros lugares, para tener garantizada la elección. Y una vez elegido, hacer lo que le mandan, sin preocuparse lo más mínimo del electorado, de su conciencia o del bien del país
Es como los partidos políticos españoles se han convertido en maquinarias para alcanzar el poder, y una vez alcanzado, retenerlo a toda costa. Con los resortes que manejan de forma directa -desde el presupuesto a los medios de comunicación estatales- a los que controlan indirectamente -como el aparato policial y judicial- es muy difícil desalojarles, impidiendo eso tan saludable en democracia como es la alternancia en el poder. Sólo por descomposición interna del partido gubernamental, provocada por la corrupción, o por una catástrofe, como la del 11-M, se produce el cambio. Observen que ni en uno ni en otro caso el papel de la oposición es grande, por no hablar ya del de la ciudadanía, que se limita a sancionar con su voto un pastel previamente cocinado.
Pero esto no es muy democrático. El mayor valor de la democracia, me atrevería a decir, lo que la hace superior, o menos mala, a los demás sistemas de gobierno, es precisamente que permite la renovación pacífica y periódica de poderes. Entre nosotros, este tipo de renovación todavía no se da. Tiene que llegar siempre tarde y dramáticamente. Lo que le quita buena parte de su eficacia. Y así continuará mientras, en vez de democracia, tengamos partitocracia, dictadura de partidos.
martes, 8 de junio de 2010
Elemental
No debería haber sido necesario que viniera Jean-Claude Juncker a recordarnos algo de lo que todos deberíamos ser muy conscientes: que, siendo optimistas, este año exhibiremos un déficit de 90.000 millones de euros. Si alguien piensa que este desequilibrio estructural en nuestras cuentas podía mantenerse con apenas un recorte cosmético de 10.000 millones anuales, es que no es consciente todavía de dónde estamos: nuestro Gobierno está endeudándonos a un ritmo insostenible justo cuando los ahorradores nacionales e internacionales se están empobreciendo y se esfuerzan por discriminar qué deudores son solventes y cuáles no. Y España en este baremo tiene cada vez peor pinta.
La izquierda extrema y la "derecha" populista de nuestro país se empeñan, sin embargo, en negar que estemos en crisis y que sea necesario hacer sacrificios; justo lo mismo que hacía el PSOE antes de las elecciones para ganarlas y que ahora repiten PP e IU para escalar posiciones en las encuestas. Aducen ambos, cada uno dando rienda suelta a sus particulares demonios, que el recorte del Gobierno es antisocial, innecesario, insuficiente, injusto (y muchos calificativos más de los que no quiero acordarme) porque existen alternativas: unos piden subir los impuestos a los ricos y otros perpetrar los recortes en otras partidas presupuestarias.
Unos y otros se olvidan de la simple aritmética: si en 2009 gastamos casi en doble de lo que ingresamos, será algo complicado que la consolidación se logre sólo subiendo impuestos o sólo quitándole el sueldo a Aído, Chaves y demás ralea. Es evidente que si ingresamos 150 y gastamos 300, el mayor margen para eliminar el déficit está en el lado de unos pagos del todo desbocados y no de unos ingresos que son exiguos precisamente porque proceden de una economía privada en retroceso y que ya tiene que hacer frente a su propia montaña de deudas.
Por un lado, la izquierda extrema debería tener presente que para duplicar los ingresos del Estado habría que doblar los impuestos que pagan todos los españoles –ricos, medianos, pobres y muy pobres– y ni siquiera en ese caso lo lograríamos (si pasamos de un IVA del 18% a uno del 36%, ¿la gente seguirá consumiendo lo mismo?). Pero claro, en ese caso nos ahorraríamos escuchar su insufrible demagogia de la que viven, sueldo público y subvención mediante.
La "derecha" populista, por su parte, debería tener presente que los modestos recortes que propone como alternativos a los de Zapatero deberían ser en todo caso complementarios, si es que tiene algún interés en evitar la bancarrota nacional (que vaya usted a saber ); pues, con el actual agujero presupuestario, reducir los desembolsos públicos en 10.000 millones no llega siquiera a la categoría de chocolate del loro. Que hay mucho por donde recortar, no lo dudo; que los recortes propuestos hasta ahora son imprescindibles, tampoco. Pero claro, qué sería de nosotros si Cospedal, González Pons y compañía se dedicaran no ya a arrimar el hombro –que desde luego esta catástrofe de Gobierno no se merece nada de eso, sino simplemente a no pegarse cabezazos contra la realidad de las cifras.
Ahora, el corazón de Europa nos exige más recortes: no otros recortes ni, de momento, más impuestos. Nada que no supiéramos o que no viniéramos reclamando al menos desde 2008, pero sí algo que el PSOE primero y el resto de partidos políticos españoles después, nos han ocultado y nos siguen queriendo ocultar. Cuanto antes seamos conscientes de ello (de que, como en el Reino Unido, afectará al modo de vida de todos) mejor. Peor que quien engaña es quien quiere ser engañado.
Juan Ramón Rallo es jefe de opinión de Libertad Digital, director del Observatorio de Coyuntura Económica del Instituto Juan de Mariana, profesor de economía en la Universidad Rey Juan Carlos y autor de la bitácora Todo un Hombre de Estado. Ha escrito, junto con Carlos Rodríguez Braun, el libro Una crisis y cinco errores donde trata de analizar paso a paso las causas y las consecuencias de la crisis subprime.


